Después de varias mudanzas y algún que otro cambio de trabajo, me he vuelto a aposentar en mi Manchester querido, donde el cielo es (casi) siempre gris. Ya he decidido que esto es lo que me gusta y que es aquí donde quiero pasar el resto de mis días, que espero sean muchos y muy saludables. Es decir, estoy asentando el culo y con él la cabeza.

Como soy cabezota, sigo obstinada en que tener un coche es un lujo tan caro como innecesario y sigo yendo en bici o en transporte público. El transporte público en este país no es especialmente eficiente y es bastante caro también así que la mayor parte de mis movimientos los hago en bicicleta y, ahora que he aprendido que se pueden combinar me llevo a Ramona (mi bici) en trenes y algún que otro avión.

El caso es que recorriendo tanta milla en bici acabas viendo (y a veces sufriendo) todo tipo de accidentes o casi accidentes. Y este ha sido el último sin armadura. Una puerta de un coche aparcado que se abrió (y se cerró antes de que yo llegara) en un momento en el que yo no podía reaccionar de ninguna forma. Afortunadamente la copiloto sólo entreabrió la puerta un poco para mirar si podía salir y la cerró inmediatamente al verme (a mí o al todoterreno que circulaba al otro lado). A mí no me dio tiempo más que a asombrarme… ni a cerrar los ojos, ni a poner los deditos alrededor del freno… eso sí, toda mi infancia pasó por delante de mis ojos en esa fracción de segundo… si esa puerta se hubiera abierto,  you me la hubiera comido con horrendas consecuencias…

Fue tal la dosis de adrenalina que me tuve que parar un par de calles más allá. Dos días después decidí dejar una parte de mi cabezonería y ponerme el casco y un año después del evento (porque llevo bastante retraso en las actualizaciones de este mi querido blog) sigo pensando que lo único que protege el casco es mi conciencia, pero ahí sigo, con la cabeza dura y recubierta de poliestireno expandido.