Estoy cansada de la cantidad de ruido humano que se genera a mi alrededor mientras yo intento concentrarme para sacar adelante algo de mi trabajo en una oficina de esas modernas de espacio abierto, así que he desarrollado la táctica de llevarme un reproductor de música portátil con unos casquitos que me he comprado, de esos que se meten hasta el tímpano y van recubiertos de una especie de goma. Es como un tapón de cera de los que venden en las farmacias, pero que lleva un altavoz por dentro y va unido a un cable, con lo cual no necesito poner la música alta ni nada.

Si alguien quiere dirigirse a mí personalmente, debe agudizar el ingenio. Yo ya he dicho que el movimiento y la presencia es lo ideal, que si alguien se pone junto a mi mesa, en algún lugar al alcance de mi centro de visión, yo me distraigo y me quito los tapones, digo... los auriculares.

Por supuesto siempre hay alquien que quiere desarrollar sus propios métodos. Alguien que normalmente se consideraría un emprendedor ocurrente pero que, casi independientemente del método utilizado, acaba siendo un vulgar gilipollas. El primer intento es gritar (mis altavoces son a prueba de voceras). El segundo intento es gritar más fuerte (esto provoca una oleada de miradas y carcajadas de todo el mundo excepto yo, que sigo sorda al mundanal ruido, y nunca mejor dicho). A continuación el gilipollas (por ponerle un nombre), decide tirar algún objeto contra mí. Por supuesto falla y yo sigo inmutable. Entonces tiene que acercarse a recoger el objeto. El gilipollas entra, en ese instante, en mi campo visual, pero no contento con eso, grita más alto y acompaña sus gritos con una serie de palmadas y saltos, cual orangután aplaudiendo.

Yo me asusto, desenrosco un tapón y el orangután gilipollas sigue gritando (como si no hubiera visto que ya no tengo impedimentos en las orejas) que necesita mi ayuda. Yo, desconcertada con tanto alboroto y de muy mala hostia, me dirijo hacia la pantalla correspondiente y ¡o sorpresa! el tema de ayuda no tiene nada que ver con mi trabajo. De todas formas, como sé algo del tema, asomo la cabeza en la pantalla y se reproducen la siguiente serie de sonidos:

Orangután Gilipollas (OG): ¡Mira! [y hace una demostración del problema]
iPaya: ¿has probado a hacer tal y cual?
OG: ¡Sí! ¡Mira!
iPaya: ¡Ah! este es el problema, necesitas hacer esto y lo otro.

El orangután gilipollas deja de gritar y, por tanto deja ya de tratarme como si fuese una vaca descarriada y pasa a realizar una serie de operaciones absurdas a base de ratón y que nada tienen que ver con lo que yo le había dicho. Yo decido permanecer en silencio mirando impaciente, y aún más cabreada, la serie de acontecimientos. Tras varios intentos de la paya perdiendo el tiempo, ésta decide repetir la descripción del problema y de la solución, terminada la cual me retiro a apagar la pantalla de mi ordenador y salir a tomar el aire, a comprarme comida libanesa y a sentarme en la otra mesa, aislada del resto del mundo.

No es que me considere una vaca, ni mucho menos sagrada, pero nadie se ha atrevido a acercarse (no digamos ya a tocarme) como si estuviésemos en la India y yo fuese una de las múltiples vacas sagradas que caminan por determinadas ciudades. Mi cara trasmite fielmente lo que pienso y cuando estoy de mala hostia, se nota (mucho) y aquellos que han osado dirigirme la palabra en tal estado se han arrepentido inmediatamente.