Pienso sentada y cuando la cosa es importante me gusta hacerlo al aire libre, que corra el aire. No sé exactamente como me siento, y no me refiero a la postura física. En muchos aspectos me considero una persona afortunada y eso se ha extendido a mi vida laboral. Siempre me ha aterrado buscar trabajo y en realidad nunca he tenido que  hacerlo realmente: al terminar mis estudios solicité una beca para trabajar en el extranjero, sonó la flauta y me la dieron; yo no sé qué cables, o datos, se cruzaron pero desde entonces siento especial predilección por todos aquellos informáticos que diseñan aplicaciones con bases de datos... Mi jefe de beca me trató infinitamente bien y me enseñó muchas cosas, de hecho quiso contratarme al final de la beca, pero yo tenía otros planes.
 
En aquel momento me encontré en una estación de tren (casi así de literal) con una persona conocida que quería contratar a alguien "con mi perfil". Yo necesitaba volver a España por motivos familiares y no me pude resistir. Laboralmente la historia fue un desastre, pero conocí a un grupo de gente maravillosa (y satisfice mis obligaciones familiares). Poco después mi anterior jefe me habló de una empresa en la que buscaban a alguien como yo, les dio mi teléfono y aquí estoy.

Han pasado casi tres años y muchas experiencias, pero me voy a centrar sólo en la empresa. Una empresa con vistas de futuro, que invertía dinero y tiempo en sus trabajadores, permitiéndoles desarrollar su creatividad sin trabas y exigiendo lo que podían dar (no más, pero tampoco menos) a cambio ofrecía buen sueldo y ciertas libertades: horario semiflexible, posibilidad de trabajar desde casa, cada uno viste como quiere, libertad de expresar opiniones y transmitir sugerencias sin pasar por ningún tipo de jerarquía. En general, los trabajadores son mimados y las cosas que hacen bien son mucho más importantes que las que se hacen mal porque se aprende de lo malo sí, pero muchas veces nos olvidamos que de lo bueno también. Había pequeñas cosas, que a mí me han traído de cabeza más de una vez, pero casi se pasan por alto ahora.

El caso es que esta empresa se debate en estos momentos entre el hundimiento y la posibilidad de salir a flote y la situación es crítica, así que llega el momento de tomar decisiones... y aquí es donde empiezan los problemas, porque yo sé que no me quiero ir pero también sé que las probabilidades de que la empresa sobreviva no son muy grandes así que voy oteando el horizonte laboral sin ninguna gana y así, es más difícil.

Las razones por las que me quiero quedar son de muy diversa índole. En primer lugar me he hecho un hueco en esta ciudad y no quiero irme a otro sitio. En segundo lugar, trabajar en esta empresa tiene una serie de ventajas: tardo diez minutos en desplazarme a la oficina, voy en bicicleta, a nadie le importa si voy en vaqueros, si me quito los zapatos en la oficina o se me olvida depilarme el bigote; a nadie le sienta mal que yo llegue a las 9.30 en vez de a las 9, o que un día salga dos horas antes porque vienen unos amigos a verme (una vez me dijeron que a mí no me pagan por horas sino por cumplir una serie de objetivos que, hasta ahora nunca he fallado); y, en condiciones normales salgo a las 5 (5.30 porque llego siempre más tarde), lo que me permite tener una vida personal. Para mí todo esto tiene un precio y nada despreciable (valga la rebuznancia).

Resulta que esta empresa la formaron 4 amigos que siguen siendo amigos y son entusiastas y un poco utópicos -en ocasiones se pasan de frikis, pero no se puede pedir todo ¿no?- Por ejemplo, ahora que se le ven las orejas al lobo se ha pedido consejo profesional a un abogado que se dedica a aconsejar a empresas que se van a la ruina: sus obligaciones legales, etc. Al parecer la pregunta y actitud con la que se fue al abogado fue: "¿qué tenemos que hacer para conservar los derechos de los empleados?". El abogado en cuestión, con 15 años de experiencia en lo mismo, es decir, 15 años aconsejando empresas en quiebra, les dio las respuestas que necesitaban y también les dijo que muy pocas empresas acudían a él 3 meses antes del desastre y que nunca, jamás en su vida profesional le habían preguntado cómo preservar los derechos de los trabajadores.

Yo creo que todo esto da una pista de como me siento. Un tanto impotente ante una situación que no sé cómo cambiar; un poco frustrada porque sé que no voy a encontrar algo igual; a veces un poco emocionada cuando veo una oferta de algo que puede ser parecido o mejor o en otra ciudad en la que no me importaría vivir; un poco decepcionada con la actitud de mis compañeros, que además de no ser útil para mejorar la situación deprime a cualquiera; un poco ilusionada cuando los jefes vienen de traje porque viene un inversor interesado al que le van a mostrar la oficina y los productos que existen...

En resumen, me siento como un surfero en este mar de emociones: escalo la cresta, me dejo llevar, me caigo, trago agua, me sale por la nariz, consigo subirme a la tabla (tumbada), muevo los bracitos sin avanzar a penas, veo otra ola que viene, nado con fuerza, tomo impulso, cojo la ola, me pongo de pie sobre la tabla, subo a la cresta...