Ayer pude por fin poner sábanas limpias y he dormido estupendamente así que hoy me he levantado fresca como una lechuga. Tanto ha sido así que he decidido cambiar la ruta por la que normalmente pedaleo al trabajo y atravesar un parque bastante grande que hay entre medias. Además la mañana está siendo preciosa, después del tormentón de agua y viento que nos atizó ayer.
Ya estaba yo cerca de la salida cuando divisé un charco que cubría no sólo el camino en su totalidad sino también los laterales. Si el camino tiene una anchura de un metro y medio el charco sobresalía un par de metros a cada lado del camino y tenía una longitud equivalente, de unos 5 ó 6 metros. Vamos, un laguito. Muchas han sido las veces en las que he visto algo parecido y he dado un rodeo nada insignificante sólo para descubrir días más tarde que aquello no podía tener profundidad, así que esta vez me he arriesgado y he perdido.
La bici ha comenzado la inmersión y ha perdido velocidad, con lo que he tenido que pedalear y recoger, con los zapatos todo el agua que en ellos cabía. Un total de tres pedaladas, dos con un zapato, una con el otro. ¡Qué frescura, qué placer!
Después he ido escurriendo todo el agua que he podido hasta llegar a la oficina, donde tengo siempre un par de zapatos adicional, aunque los elementos están en mi contra porque no tengo calcetines de repuesto.
En fin, lección aprendida: nunca subestimar la profundidad de un charco.
In : Amparadas