No sé si es un fenómeno natural, los tiempos que corren, el atropello de información no neutral con la que nos vemos inundados diariamente en los distintos medios desinformativos o simplemente que se nos apaga el cerebro con la edad, pero me da la sensación de que cada año que pasa estoy rodeada de más y más gente racista.

Lo que me obliga a escribir estas líneas es la actitud de mi señor progenitor quien hoy me pide prudencia al usar tarjetas de crédito en restaurantes y otros establecimientos en los que trabajan "rumanos" e "hispanos". Ni es la primera vez que recibo comentarios así de la misma persona, ni será la última, por mucho que me rechinen los dientes para no gritar (me saca de mis casillas) y trate de convencerle de que se puede ser ladrón y se puede ser rumano, pero las dos cualidades no van necesariamente unidas. "Se puede ser de Cuenca y se puede ser gilipollas; vamos, que no tiene nada que ver" -famosa frase que un amigo mío debió haber patentado hace años-.

Una vez apagado el interruptor que hace que me salten los plomos con este tipo de comentarios, yo reflexiono cuantas veces he oido a mi alrededor comentarios del mismo "tipo" y no son pocas. Lo más gracioso es que no se atiende a razones: por algún motivo comentarios generales sobre los inmigrantes son muy normales en mi familia (entiéndase padres, tíos y primos). Yo escucho "pacientemente" el repertorio y después les explico que yo soy inmigrante en otro país, que yo emigré de España a... ¡tierras extranjeras! y la respuesta es, invariablemente la misma: "bueno hija, pero eso es distinto". Por más que insisto en investigar cuáles son las diferencias, no consigo más respuesta que "pues no sé, diferente".

Lo que más me llama la atención es que haya inmigrantes que sean racistas, porque haberlos haylos...