Anoche, alrededor de las ocho, los termómetros marcaban cinco Celsius bajo cero. Esta mañana he saltado de la cama antes de que se parase la caldera (es una medida de seguridad que uso: de lunes a viernes, mi caldera se apaga automáticamente a las 8:00 para asegurarme de que me levanto para ducharme calentita antes de venir a la oficina).

El caso es que mientras se hacía el café he mirado por la ventana y ¡nevaba! ¡con lo que a mí me gusta ver la nieve! Nada más verla me entusiasmo y entro en calor. ¡Sólo pensar que voy a salir a la calle tapada hasta las cejas a pisotear el suelo blanco y mullido, ver las ramas de los árboles tintadas de blanco, los edificios que laban sus fachadas y se visten de punta en blanco! ¡hasta la gente se vuelve sociable cuando nieva y desconocidos se saludan por la calle!

Entonces la cafetera terminó de hacer el café y mi imaginación, esta vez junto con mi cuerpo, se desplazó al salón dispuesta a desayunar y mis ojos vieron que eran tres copitos los que caían, de esos bien prietos, poco menos que granizo y que nada era, aún, blanco... Con todo y con eso he salido tapada hasta las cejas y he llegado a la oficina a las nueve en punto. Ya no nieva y mis dedos luchan contra los primeros síntomas de congelación (el jersey de lana gordo que llevo puesto no me cubre los deditos).